domingo, 19 de abril de 2009

Caza de pavos o guajolotes

El fin de semana pasado, he ido de cazería de guajolote silvestre a los desiertos de Washington.
Entramos a una zona del desierto que si nos descompone el coche, no saldremos al menos que por allí pase alguna alma piadosa y nos diera ayuda. Vimos muchos animales silvestres que habitan allí y que es como un refugio de entre tanto pueblo que los humanos hemos creado para mala suerte de los animales. Vimos manadas de ciervos, que ya se estan recuperando del crudo invierno y se les ve en mejor estado de salud. Tienen ya más comida y eso les da energía necesaria para poder sobrevivir. Ya muchos de los ciervos chicos andan por allí con su madre siempre atenta a que nada ni nadie se les acerque y les quiera hacer algún daño. También vimos borregos cimarrones, de esos que tienen los cuernos retorcidos en círculo y son pardos. Se mezclan tan bien con el medio ambiente, que a pesar de que son de buen tamaño, casi se pierden a la vista entre las piedras y arbustos. Además vimos en una sola manada, aproximadamente a veinticinco venados cola blanca. Rara vez había yo visto tanto venado junto. Igual que los ciervos, ya se ven mas alertados y con fuerza. Ya no se quedan simplemente mirandonos pasar y si, se alejan alertados.


Andar entre veredas hechas por los animales silvestres y que pocas veces son visitadas por el hombre es fascinante aunque se puede uno topar con una víbora de cascabel que son peligrosas y pueden mandar a uno al hospital o hasta al otro mundo. En ésta ocación no vimos ninguna porque aún hace frío pero si las hemos visto. En una sola salida a caminar al desierto, hemos visto hasta cinco en un promedio de un par de horas. Lo bueno, si es que se puede decir bueno. Es que tienen cascabel y lo harán sonar en cuanto sienten o perciben que algo está en su cercanía. Eso, le da a uno la ventaja. Se dejan en paz y no pasó nada. Al llegar a lo que hace muchos años fue un "homestead" o vivienda primitiva. Solo quedan las ruinas de lo que fue. Una cabaña, nogales, unos cincuenta árboles frutales que estaban en flor, unos olmos enormes y hasta un pequeño cementerio con una sola tumba de un niño que murió en 1914. En esos gigantescos y hermosos árboles es donde duermen los guajolotes. Al acercarnos, vimos como a una distancia de unos cien metros, a un puma. Si, finalmente y después de tanto ir al bosque hemos visto a un puma en persona. Emocionante se siente el ver a un animal de tal calaña merodeando solitario. Pero así como lo vimos, desapareció quedamente entre la maleza. Fue como una sombra o espejismo que vimos por tan solo unos cuantos segundos.


Luego de llegar y observar el lugar, que se encuentra en una cañada junto a un arroyo de agua cristalina que baja de las montañas, pudimos escuchar el cloquear de los guajolotes, nos agazapamos para no ser vistos y luego, como por arte de magia, volaron hasta la cumbre de los olmos. Eran doce guajolotes que se ven desde abajo pequeños pero, de pequeños no tienen nada, son enormes. Nos quedamos quietos hasta que llegó la noche para no perturbarlos y luego, nos fuimos a nuestro sitio de campaña.

El día que comenzó la caza nos levantamos a las dos de la madrugada. Desayunamos y nos camuflajeamos completos de pies a cabeza. Es increíble que un animal que tiene el cerebro tan pequeño, pueda ver el parpadeo de un humano a ochenta metros de distancia y eso, hecha a perder la caza. Caminar por la noche es totalmente distinto en comparación a caminar en plena luz del día. Había escarcha en todo el zacate y plantas que comienzan a ponerse verdes. Tomamos rumbos distintos, Jerry se fue a un cañon contínuo al que yo tomé pero que al adentrarse, se aleja uno mucho por la separación de los cerros. Llegué al sitio que tenía ya planeado sería el perfecto acompañado de una noche estrallada maravillosamente por la vía láctea. Siempre me es tan agradable ver el firmamento. Es un hecho que hemos contaminado las ciudades con tanta luz eléctrica. No se ve la belleza de los cielos. En fin, que llegué a mi escondite y esperé allí a que amaneciera. Es impresionante ver y sentir el amanecer sentado allí. Ver como los pájaros comienzan a cantar tan pronto sienten y ven las primeras señales de luz. Los guajolotes cantaron unas tres veces. Éstos animales no cantan tan seguido como los guajolotes de corral. Son alusivos por decirlo así. Bajaron de los olmos, hicieron la rueda, comenzaron a comer y andubieron de aquí para allí sin acercarse a mi. De repente como una hora después de estar esperando, escucho un disparo de carabina, seguido de otro. Un cazador le disparó a uno dos veces sin darle tino. Lo cual me alegró porque el hecho de que disparó me quitó toda mi oportunidad pues espantó a todos. El guajolote subió al cerro muy campante y sin pena.
Después de una travesía muy larga hasta el otro cañón y encontrandome con cactáceas y mucha madera petrificada, regresé al campamento como al medio día. Con la novedad de que Jerry si tuvo éxito. Así terminó mi aventura de caza de guajolote. Aunque me da igual si hubiera obtenido uno, ya tuve el gusto o disgusto de haber obtenido tres pavos difíciles de obtener.





2 comentarios:

Bob Mrotek dijo...

Alfredo,
A mi los guajalotes silvestres aparecen como las mujeres. Ellas pueden ver mi guiño de diez metros de distancia y se corren y eso, hecha a perder la caza.

Alfredo dijo...

Jajajajajaja...Bob, de veras que tiene Ud. sentido del humor. ¡Qué gracia!

Saludos.