miércoles, 25 de abril de 2007

La Llorona

Hoy me he acordado de la leyenda de "La Llorona". 

¿Quién no se ha espantado de niño cuando le han contado tal leyenda? 

En nuestra América, existen versiones en todos los países y en mi pueblo, también se le ha escuchado su aterrador grito a las altas horas de la madrugada.



He aquí mi versión:


En la muy Noble y Leal Ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato, en pleno Virreinato de la Nueva España. Vivía una noble familia novohispana de abolengo cuya riqueza provenía de la minería. Don Francisco Matías de Busto y Moya Xeréz y Monroy, caballero de Calatrava, Visconde de Duarte y Marqués de San Clemente y doña Luisa Josepha Gertrudis Marmolejo y Esquivel de Mota, su esposa y sus tres hijos. Diego, Antón y Bernardo a quienes se les educaba de acuerdo a la tradición novohispana de la época.


Vivían en el hermoso Palacio del Marqués de San Clemente, ubicado en la Plaza Mayor de la ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato. En la calle principal de Alonso, cerca de los templos de Nuestra Señora de Guanajuato y de San Diego de Alcalá.



Corría el año de Nuestro Señor de mil setecientos cuarenta y seis. Por esos entonces, muchos colonos hispanos hacían grandes fortunas en las minas de oro y plata del Real de Minas de Santa Fe de Guanajuato en El Bajío del Virreinato de la Nueva España.




Entre comodidades, lujos y holganza vivió la familia de Busto y Moya, Marmolejo y Ezquivel. Vivieron con gran pompa, esplendor y suntuosidad por muchos años pero, la bonanza no dura para siempre. En una tarde en que Don Francisco Matías regresaba del mineral de Cata por el camino real de San Clemente que llevaba a la ciudad. Varios bandoleros burlaron su guardia, les asaltaron en el camino real y les torturaron y mataron a sangre fría y sin piedad. Sin el jefe de la familia a cargo de la hacienda y minas, con el tiempo se les vino abajo la fortuna que poseían los Busto y Moya, Marmolejo y Ezquivel.


Doña Luisa Marmolejo y Ezquivel e hijos quedaron en la más completa pobreza. Acostumbrados ellos a vivir entre lujos, fiestas, riqueza y servidumbre, su nueva vida se convirtió en un calvario viviente. Al poco tiempo después de la muerte de don Francisco Matías, doña Luisa Josepha Gertrudis comenzó a vender las alhajas que poseía para solventar los gastos pero, llegó el momento en que se le terminó todo.


Desesperada y con mil angustias por no poder dar a sus hijos alimento, sustento, lujos ni siquiera la educación a que ellos acostumbraban. La madre decidió cometer tres fríos asesinatos. En una tarde de agosto, Doña Luisa Josepha Gertrudis decide hacer lo que pocas madres han hecho con sus hijos. Al regresar los niños del Imperial Colegio jesuita de la Santísima Trinidad. Les ató de pies y brazos y despiadadamente a los tres niños mató brutalmente con una filosa daga de plata. Hechóles en un costal de terciopelo y luego dentro de otro costal burdo de pita a cada niño y a la media noche, se los llevó uno por uno y los arrojó al río Guanajuato.
















Doña Luisa Josepha volvió al 
Palacio del Marqués de San Clemente casi loca y desquiciada sin sus hijos. Luego de días sin ellos y atormentada por el más profundo de los arrepentimientos por el pecado capital que había cometido. Una noche de luna llena, como a eso de las once de la noche. Doña Luisa Josepha subió al carruaje de la familia que tirado por seis caballos alazanes salió por la calle de Alonso cuesta arriba, cruzó por La Plaza Mayor, por El Baratillo, tomó el callejón del Salto del Mono, dobló por Tepetapa y cruzó el puente de Nuestra Señora de la Soledad que cruzaba el río Guanajuato.


Como alma que lleva el diablo, los caballos condujeron al carruaje de Doña Luisa Josepha por el Camino Real de San Clemente que llevaba al Mineral de Cata, propiedad de don Francisco Matías su difunto marido. 

Pasaron por el Mineral de Mellado y cruzaron el Mineral de Rayas y el Cerro del Cuarto. Sin hacer parada alguna solo hasta llegar al patio del Mineral de Cata. 

Entró el elegante carruaje al patio del mineral, bajó del elegante y negro coche la Señora y corrió hasta el altar mayor del Santuario de Cata. Arrodillada, arrepentida y sollozando pidió perdón al milagroso Cristo de Nuestro Señor de Villaseca.




Salió luego corriendo entre sollozos del templo, sintiendo gran culpa en su cuerpo y alma y al tiro profundísimo de la mina se abalanzó en un alarido lastimoso, hiriente, agudo, angustioso y sobrecogedor.

En el fondo del socavón murió Doña Luisa Josepha Gertrudis Marmolejo y Ezquivel de Mota en un "Aaaaaaaay mis hijossssss..." angustioso, escalofriante y tenebroso.


Un espantoso aaaaaaaay mis hijos era el grito que fue extendiéndose sobre el agua de los ríos y arroyos. Rebotando del tiro de la mina contra los montes y cañadas, enroscándose entre las albardas y cerros, escalofriando la piel de cualquier ser viviente le escuchare, angustiando a quien fuere le oyere y deslisándose por caminos y senderos, callejones y veredas hasta La Plaza Mayor de la muy Noble y Leal Ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato, en ésta Nueva España.



Cuentan los viejos que saben más que nosotros, que después de la muerte de Doña Gertrudis, se comenzó a ver y a escuchar a la señora que salía de la bocamina del Mineral de Cata. 

La mujer, vestida de Manola y en negro, con sus castaños mechones de su pelo tremolando al viento de la noche, aparecía por el Camino Real de San Clemente, cruzaba calles, callejones, plazuelas, caminos, veredas y senderos como si el viento la impulsara; deteniéndose solo frente a las cruces, templos, nichos, cementerios, parroquias y capillas o cualquier lugar en donde se pudiera uno detener a orar. 

Las imágenes iluminadas por lámparas votivas en pétreas hornacinas, eran escenario para lanzar ese grito lastimero que hería hasta el alma del mas grande de los pecadores. ¡Aaaaaaaay mis hijos...!




¡Aaaaaaaay mis hijos! Era el lamento que se repetía tantas veces como horas tiene la noche. Ni gallos, guajolotes ni tecolotes cantaban cuando se escuchaba tan horrible y escalofriante alarido. Como flotando entre el viento, se movía la doliente y fantasmal figura de Doña Luisa Josepha que se detenía, solo frente al templo de Nuestra Señora de Guanajuato para pedir perdón a Dios Nuestro Señor y musitar una doliente oración. Luego continuaba y lanzaba su doliente lamento y desaparecía por el callejón del Truco rumbo al río Guanajuato en busca de sus hijos que nunca encontraría.

El río Guanajuato desemboca en el Pueblo de las Adjuntas al río Grande de Santiago. Ni ahí en ese Pueblo de las Adjuntas, ni en ningún otro lado de El Bajío, hubo valiente que osara interrogarla ni intrépido que se atreviera a verla de cerca jamás.


Cuando la Llorona sale flotando del río, avanza por el callejón de la Servantana, dobla por la calle de la Palma y grita su desgarrador lamento cuando cruza la plaza de Don Eufracio Pérez frente al Portal de las Flores en plena Plaza Mayor. 

Nuevamente se detiene la señora frente a la parroquia del Pueblo de San Antonio, murmura entre sollozos su oración lastimera a Nuestra Señora de la Candelaria y sigue flotando desesperada por el callejón del Diezmo rumbo al viejo campo santo del pueblo. 

Aaaaaaaaay aaaaaaaay mis hijos se lamenta la llorona, aaaaaaay mis hijos grita flotante y va por la calle de Nativas, dobla por el callejón de la Piedra del Muerto y baja por la calle Real nuevamente rumbo al río buscando a sus hijos que jamás encuentra.


Se le ha visto a su fantasmal figura a primeras horas de la madrugada y cuando suena la campana de San Ramón la primer llamada de misa de siete. Todos los moradores del Pueblo de San Antonio, convinieron en que se trataba de un fantasma errante y en pena. Se le llamó desde esos entonces La Llorona.


Ésta señora llamada por creyentes y no creyentes la Llorona... ha sido desde la época novohispana, el temor callejero de pueblos, villas y ciudades. 

Lo cierto es que en la Intendencia de Guanajuato, en las Villas de Salamanca, San Andrés de Salvatierra, de la Purísima Concepción de Zalaya y en todo El Bajío, ha sido el temor callejero más grande de bandoleros y vagabundos, nocheros y borrachos. 


Nadie se quiere topar con la Llorona, nadie sale muy de noche y menos a recorrer penumbrosos callejones una vez que se ha dado el toque de queda. Ni los perros ladran ni los gatos maúllan y ni siquiera se les ve cuando la llorona anda en pena y llorando por sus hijos.


Para las celebraciones de la fiesta mayor en honor a Nuestra Señora de la Candelaria del Pueblo de las Adjuntas. Muchos timoratos han quedado atarantados y locos, lo único que recordaban, era el grito espantoso y aterrador de Doña Luisa Josepha Gertrudis Marmolejo y Ezquivel de Mota, llamada por todos desde esa época, La Llorona. 

Otros, jamás olvidaron la visión de la señora y a muchos otros les ha dado hasta el mal del espanto y permanecen hasta la fecha, amarillentos, tartamudos, temblorosos y traumatizados por haberse atrevido a ver tan espeluznante mujer. No ha habido curandera en el Paso de Guadalajara, ni en la Hacienda de Yóstiro, ni en el rancho de los Panales, ni en Santa Rosa de Parangueo que encuentre remedio alguno para curarlos. Ni los frailes ni los padres han podido sacar a esa gente de su locura, ni ha habido exorcismo alguno ni el poder de Dios ni el de los santos que les haya podido ayudar a salir de tal estado mental.


Poco a poco y con el paso de los años, la leyenda de La Llorona ha recorrido regiones distantes de toda nuestra América. Se ha convertido, en la leyenda más escuchada de esa zona y se asegura que aún aparece su fantasmal figura: vestida de manola, enfundada en un traje negro vaporoso, con su pelo castaño enredado y flotante, lanzando al aire su alarido estremecedor y escalofriante que riza hasta el cuero mas áspero de cualquier mortal de ésta tierra... vadeando ríos, cruzando arroyos, subiendo cuestas, vagando por pueblos y villas, flotando por las montañas y cañadas de El Bajío, de la muy Noble y Leal Ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato y por el Pueblo de las Adjuntas en éste honorable, noble y leal Virreinato de la Nueva España.


4 comentarios:

Bob Mrotek dijo...

Alfredo,
¿Es el Río Grande de Santiago el mismo que el Rio Lerma de Santiago? Apuesto que hay una historia buena con respecto a los dos nombres.

Alfredo dijo...

Así es, el río Lerma se llamaba anteriormente "el grande de Santiago"

Alejandra Muñoz Martín dijo...

la primera foto en la que aparece un señor con la mano en el pecho,¿se supone que es el marido de la tal "llorona"? esque tenía entendido que se estaba especulando con la idea de que fuese Miguel de Cervantes
(autor de Don quijote de la Mancha)cosa a lo que se le daría veracidad pues su brazo izquierdo no aparece en el retrato y Cervantes perdió un brazo en la batalla de lepanto(de ahí su apodo el manco de lepanto).Esto es solo como curiosidad muy buena la historia un saludo desde Málaga (España)

Alfredo Medina González dijo...

En efecto Alejandra, en efecto. Es un retrato de una pintura de El Greco, "El Caballero de la mano en el pecho" que se encuentra en el museo de El Prado de la imponente ciudad de Madrid.

Agradezco hayas pasado a visitarme y honrarme con tu presencia. Espero lo sigas haciendo y retorno mi más cordial saludo.

Alfredo.