domingo, 16 de diciembre de 2012

La Novena para los Nueve días de JORNADAS.



Hoy, es el primer día de posadas en el pueblo y en muchos lugares de México y de América Latina en el mundo católico. Las recuerdo con emoción y nostalgia, colaciones y piñatas, mucha gente y la Virgen montando una burrita celebrando los días de las posadas por las calles del pueblo. Entre papeles, libros y demás me encontré éste novenario para celebrar las Jornadas. Se los publico para que si hacen las celebración, tengan lo que se reza en éstos días antes de celebrar la Navidad.





Versos para la Piñata


No quiero oro

ni quiero plata,
yo lo que quiero
es romper la piñata

Dale, duro, duro,

no pierdas el tino
mide la distancia
que hay en el camino.

Versos para Después de Quebrarla.


Ora Fulano,

no te dilates
con la canasta
de los cacahuates

Echen confites

y canelones,
para los muchachos
que son re tragones.

NOVENA

para los nueve días de posadas.

Puestos de rodillas ante las imágenes de

la Santísima Virgen y del Señor S. José, se
dirá el Acto de Contrición y la Jaculatoria,
se rezarán nueve avemarías, que se ofrece-
rán con la oración siguiente:

ORACIÓN PARA TODOS LOS DIAS


¡Oh Virgen Santísima! yo humildemente

os ofrezco estas nueve avemarías y os su-
plico que para obedecer las leyes divinas
haga yo un camino recto hacia el Cielo y
mientras peregrine por este valle de lágri-
mas, sea mi corazón una digna posada de
Jesús, María y José. Amén.

(En seguida, formados y con la mayor

devoción, llevando en andas a la Sagrada
Familia, se cantará la siguiente letanía:




LETANIA A LA VIRGEN

Kirie eleison                    
Christi eleison                  
Kirie eleison                     
Christie audinos                
Christie exaudinos            
un or de celis Deus
Misere nobis.
Fili Redemptor mundi Deus
Spiritus Santi Deus
Santas Trinitas unu Deus
Santa María
Ora pro nobis
Sancta Deigenitriz
Sancta Virgo virginum
Mater Christe
Mater Divina Gratia
mater purísima
mater castísima
Mater inviolata
mater intemorata
mater inmaculata
mater amábilis
mater admirábilis
mater creatoris
mater salvatoris
Virgo prudentísima
Virgo veneranda
Virgo predicanda
Virgo potens
Virgo clemente
Virgo fidelis
Imaculum Justiciane
Sedes sapientis
Causae notrae lenitises
Vaso spirituali
Vaso honorabili
Vaso insigne devotion
Rosa mística
Turris davidica
Turris aburnea
Domus aurea
Foederis arcae
Janue celi
Stella matutina
Salus infirmorum
Refugium pecatorum
Consolatrix aflictorum
Auilium Christianorum
Regina angelorum
Regina Patriarchorum
Regina profetarum
Regina apostolorum
Regina confesorum
Regina virginum
Regina santorum omnium
Agnus Dei quitolis pecatta mundi
Parce nobis Domino
Agnus Dei quitolis pecatta mundi
Exaudi nos Domino
Agnus Dei quitolis pecatta mundi
Miserere nobis. 

VERSOS PARA PEDIR Y DAR POSADA

AFUERA                                                     
   En nombre del cielo                                      
os pido posada                                            
pues no puede andar                                   
mi esposa amada.   

ADENTRO
   Aquí no es mesón
sigan adelante,
yo no debo abrir
no sea algún tunante. 

AFUERA                                     
   No seas inhumano,                                        
ténnos caridad                                            
que el Dios de los cielos                             
te lo premiará.

ADENTRO 
   Ya se pueden ir
y no molestar,
porque si me enfado
os voy a apalear.

AFUERA                                       
   Venimos rendidos                                           
desde Nazareth,                                           
yo soy carpintero                                       
de nombre José.

ADENTRO
   No me importa el
déjenme dormir, nombre
pues yo les digo
que no hemos de abrir. 

AFUERA                                          
   Posada te pide,                                               
amado casero                                               
por solo una noche                                      
la Reina del Cielo.   

ADENTRO 
   Pues si es una reina
quien lo solicita,
¿cómo es que de noche
anda tan solita? 

AFUERA                                   
   Mi esposa es María                                        
es Reina del Cielo,                                       
y madre va a ser                                         
del Divino Verbo. 

ADENTRO
   ¿Eres tú José?
¿Tu esposa es María?
Entren, Peregrinos
no los conocía.

AFUERA
   Dios pague, señores,
vuestra caridad,
y que os colme el cielo
de felicidad   

ADENTRO                                       
   ¡Dichosa la casa
que alberga este día
a la Virgen pura,
la hermosa María. 
   

AL ABRIR LAS PUERTAS

   Entren, Santons Peregrinos,

reciban esta mansión,
que aunque es pobre la morada
os la doy de corazón.
   Cantemos con alegría,
todos al considerar,
que Jesús, María y José,
nos vinieron hoy a honrar.



PRIMERA JORNADA

   Considera, humildísima Reina de los An
geles, la gran obediencia con que habiendo 
oído que el César ordenaba que todos los
que viviesen en su imperio se empadronasen
para pagar el tributo, dispusísteis en com-
pañía de vuestro Esposo Sr. S. José, dejar
vuestra santa casa de Nazaret y tomar ca-
mino a Belén, a pie y con mil incomodida-
des, para que os empadronasen como tri-
butarios; llevando en vuestro seno virginal
el Rey de Reyes, siendo éste el motivo por 
que os expusísteis a los rigors del frío y a 
otros muchos padecimientos. Yo os ruego,
madre amorosísima, nos enseñeis a obede-
cer a vuestro soberano Hio, que sirva a 
Dios y aprenda de Jesucristo Nuestro Se-
ñor el camino de la gloria eterna. Amén.

   Humildes peregrinos
Jesús, María y José,
mi alma os doy con ella, 
mi corazon también.
   Oh! Peregrina agraciada,
oh bellísima criatura,
yo te ofrezco el alma mía
para que me déis posada.
(Se canta después de cada jornada). 

SEGUNDA JORNADA

   Considero, Virgen santa como salísteis
en compañía de vuestro castísimo Esposo,
de Nazaret para Belén, con aquella corte-
dad y pobreza que tanto amábais y para
un camino tan largo no llevásteis sino un
atillo insignificante cargado en un jumen-
to, estampando vuestras humildes plantas 
en el áspero camino (tan quebrado como
dichoso): cuyas piedras os lastimaron ho-
rriblemente. Pero qué os importaban si lle-
vábais en vuestro virginal vientre al Di-
vino Jesús hecho hombre. Yo os adoro y
alabo, rogándoos que me enseñéis a sufrir 
las incomodidades de la vida y que aman-
do la pobreza siga yo vuestras huellas pa-
ra gozar la bienaventuranza eterna. Amén. 
   Humildes peregrinos, etc.

TERCERA JORNADA

   Con qué admiración considero, oh Reina
de los Angeles, vuestra penosa caminata,
acompañada de los ángeles que os guar-
daban y que alababan con cantos dulcísi-
mos al Hijo de vuestras purísimas entra-
ñas. Aquí pondero, madre mía, en medio
de lo áspero y dilatado del camino; el con-
suelo que vuestra noble alma recibiría mi-
rando a los ángeles vuestros compañeros,
festejando con himnos al Rey de la Gloria.



Haz, madre Santísima, que tu Hijo Santí-
simo me conceda la gracia de que siempre
alabe a Jesús, María y José, en esta vida y
después en compañía de los querubes éter-
namente os adore. Amén. 

CUARTA JORNADA

   Considero, Paloma inocentísima, como
por la afluencia de gentes que caminaban
a Belén a empadronarse, se llenaban todas
las posadas del camino y os desechaban
cuando llegábais con vuestro Castísimo
Esposo a pedir hospedaje, mirándoos tan
pobrecito; yo, madre mía, os doy mi cora-
zón para que en él os aposentéis. Pondero
vuesta humildad cuando os señalaban pa-
ra descansar el sitio donde se recogían 
los animales. Allí comíais vuestras pobres
viandas con la resignación y tranquilidad 
con que veíais las cosas terrenas. Yo os
ruego, Virgen admirable, hagais que no se 
preocupe mi alma con las vanidades del
mundo, para que mi corazón albergue sen-
cillo, sea de amor hacia la Santa Familia.
Humildes peregrinos, etc.

QUINTA JORNADA

Os considero. Peregrina Reina de los An-
geles y Madre de Dios, entrando a la ciu-
dad de Belén, en compañía de tu santo Es-
poso y solicitando albergue en donde des-
cansar; lo primero que hicisteis fue buscar
la casa de empadronamiento y cumplísteis 
con humildad los mandatos del César. Qué 
ejemplo de obediencia me dáis, Vos, la Em-
peratriz del Cielo, sujetándoos a las leyes
terrenas. Concededme, Reina mía, que os
sirva a Vos y a vuestro Hijo Jesús, confor-
me a su voluntad y me sujete al estado y
esfera en que me ha puesto, para ejercitar 
las enseñanzas de Nuestro Señor. Amén.
   Humildes peregrinos, etc.

SEXTA JORNADA

Cómo te compadezco, Reina y Señora mía
al verte recorrer de puerta en puerta la ciu-
dad de Belén, en busca de un albergue en
donde ser acogida; y en ninguna parte se
compadecieron de vuestra delicada situa_
ción, alegando que por la afluencia de fo-
rasteros no había ni un lugar desocupado.
Aquí admiro vuestra paciencia y me con-
duelo de vuestro dolor y del de Sr. S. José
al tener que salir fuera de la ciudad y dor-
ir al pie de un árbol. Tú, la Emperatriz
del Cielo, sin tener un abrigo que te defen-
diera de la escarcha y de los vientos. Rué-
goos, Señora mía, que me alancéis de Je-
sucristo, Ntro. Señor, gracia para que si-
ga el camino de la virtud y consiga el 
miraros eternamente en la Gloria. Amén.
   Humildes, peregrinos. etc.




SEPTIMA JORNADA

   En este día, Señora y madre mía, acor-
dóse vuestro Santo Esposo de una gruta
en donde algunas veces los pastores y ani-
males se defendían de las inclemencias del 
tiempo y con tierna solicitud os condujo a
ese sitio, en donde pasásteis menos mal la
séptima noche de vuestra peregrinación.
Suplícoos, Señora, que por vuestra eficasí-
sima intervención merezca que mi corazón 
se ablande y abrazado en amor purísimo
sea digna habitación donde se alberguen 
siempre Jesús, María y José. Amén.
   Humildes peregrinos, etc.

OCTAVA POSADA

   Cuánto sufro, oh! Santísima Virgen al 
considerar que a pesar de tus sufrimientos
pues el alumbramiento se acercaba, tuvís-
teis que ayudar a vuestro amante Esposo
a limpiar ese lugar inmundo, que ni para
bestias era digno. Concededme Señora que
mi cinciencia se vea limpia de iniquidades,
que me conforme en todo con la voluntad
de Dios para estar con El en el cielo. Amén.
   Humildes peregrinos, etc.

NOVENA JORNADA

   Ha llegado la hora dichosísima del Na-
cimiento del Mesías! Arreatada en éxtasis
divino y elevados los ojos al Cielo diste a 
luz al Niño más hermoso, más sabio, más 
apacible, que hubo nunca en este mundo!
Su presencia en la gruta embelleció instan-
táneamente el lugar con el esplendor de su
gloria y en tu virginal regazo, reverencia-
do por el Castísimo Patriarca que a sus
pies se halla, rodeado de arcángeles, ánge-
les y serafines que lo adoran y cantan: Glo-
ria a Dios en las alturas y en la tierra paz 
entre los hombres de buena voluntad. Y
aún las bestias que pausadamente se acer-
can a calendar con s aliento al tierno in-
fante, forman el cuadro más imponderable
y majestuoso que se puede concebir. Es la
aurora del Cristianismo, la religión divina
que ensalza al débil y al oprimido e iguala
al magnate con el mendigo, pues sois buena y
clemente, Virgen amorosa. Amén.
     Noche buena, Noche hermosa,
     Noche de dulces placeres,
     No hay Noche más venturosa
     para los humanos seres.

   (A las once y media de la noche se reza-
rán nueve avemarías y luego, paseando, se 
cantará la letanía del Niño Dios y el Rorro!. 



LETANIA DEL NIÑO DIOS

Kirie eleison
Christie eleison
Kirie eleison
Christe audinos
Pater de celis Deus,
Filli Redentor mundi
Spiritu Santi Deus
Santa Trinitas Deus
Santa María
Madre del Redentor
Esposa de José
Reina de los Angeles
Santeisimo José
Padre del Salvador
Modelo de castidad
Niño recién nacido
Niño poderoso
Niño glorificador
Niño laudable
Niño misericordioso
Niño consolador
Verbo hecho carne
Hijo de María
Luz de la Redención
Alivio del pecador
Maná de consuelo
Tesoro de la gracia
Estrella del alma
Faro de consolación
Bálsamo de salud
Terror del Infierno
Alegría de los justos
Lampo de pureza
Templo de verdad
Padre de Israel
Niño amable
Niño humilde
Niño venerable, fiel
Niño Creador
Príncipe de patriarcas
Luz de los profetas
Maestro apóstoles
Arbol de la vida
Vertiente de virtudes
Divino Emanuel
Deseado del Mundo
Antorcha de pureza
Modelo de perfección
Inspiración celestial
Sol de verdad
Patriarca de justicia
Depósito de bondad
Lucero de la fe
Arca de felicidad
Dios humanado todo
Principio y fin de...

EL RORRO

A la Rorro, niño
a la rorro... ro
no hagas puecheritos
Niño Redentor.
   Dos luero son 
tus ojitos bellos,
tus labios corales,
oro tus cabellos.
          A la rorro.
   Tápate, Niñiyo,
que estás en cueritos
sirvan mis afectos 
para pañalitos.
   Ya se acerca el buey
también la mulita'
el frío que hoy tienes 
con su bao te quita
          A la rorro.
   Niño de María,
mi alma pobrecita
hoy te la regala
esta pastorcita.
          A la rorro.
   Hoy con gran anhelo
Niño Redentor
a tus piés tendimos
nuestro corazón.   
          A la rorro.
   Seas bendito, Niño 
bendito mi Dios,
las gracias te damos
todos a uno voz.
          A la rorro.

ORACION FINAL

   Oh Divino Señor, que llenendo cielo y tie-
rra con tu gloria, quisiste caminar descono-
cido y esconder tu grandeza en un establo
humilde. Haz que mis sentidos y potencias
te alaben y que viva agradecido a tu amor
con que te dignaste hacerte hombre para
salvarme a mi, miserable criatura. aviva,
Madre mía, en mí los efectos hacia tu divi-
no Hijo, para que hospede siempre en mi
corazón a mi buen Jesús. Amén. 




HIMNO

Al Nacimiento del Niño Jesús

   Dando las doce de la noche, se pondrán los pastores 
en dos alas delante del portal, donde estará ya el 
Nacimiento y entonarán a todo coro el Himno que 
va a continuación; y pasada cada cuarteta llegarán 
uno a uno a ofrecer.

CORO

Aromas se queman de plácido olor,
Delante del Niño derrámense flores,
Adórenle reyes y pobres pastores
Y cantos entonen al Dios Salvador.
   
   Son Bellísimos tus ojos
Y rizado tu cabello,
Como alabastro tu cuello,
Pura tu boca infantil;
¡Qué agraciados son tus brazos!
Tus manos, ¡qué delicadas!
Suavísimas tus miradas
Como las auras de Abril.
   
   Acostado sobre yerbas
Estás, ceñido de fajas,
Tú que el orbe desencajas
En los actos de furor.
¿En dónde apagaste el rayo?
¿En dónde dejaste el trueno? 
Amor te costeo en el heno,
Te ha desarmao el amor.
   
   Juega es tu boca preciosa
Cierta inocente sonrisa. 
Cual suele jugar la brisa
Con el botón de la flor.
Más unas lágrimas puras
Tu rostro mojan ¡oh Niño!
Es el llanto del cariño
De tu amor maternal.

   O es el llanto del dolor

Tu linda y cándida Madre
Te dá besos y te mira
Y te acaricia y suspira
Pensando en Getsemaní.
Abrázate conmovida
Y llora, y vuelve a los besos
Al contemplar los excesos
De mi amor que es para tí.

   De tu pueblo contra tí.

Si los ángeles volando
Pasan de estrella a estrella,
Una criatura tan bella
No han de poder encontrar,
Desde tu rubio cabello
Hasta tus gloriosas plantas,
Eres glorioso y encantas
El cielo, la tierra y el mar.

   Mirad este pequeñuelo

Que tiene atadas las manos,
Pues a griegos y romanos
Y al mundo dominará.
Los héroes y los monarcas
Son insectos a su lado;
Y sobre el cielo estrellado
Los luceros pisará. 



VERSOS DE NOCHEBUENA


   Esta noche es Noche Buena,

noche de comer buñuelos;
en mi casa no los comen
por falta de harina y huevo.
   
   Muy recio toquen los pitos,
fuerte suenen los panderos,
que vino ya a este mundo
el verdadero Rey de los Cielos.

   Con mucho gusto y contento

pasemos la Noche Buena,
de alegría y regocijo
y con una buena cena.

   Los padrinos que acostaron

esta noche al Santo Niño,
que vivan años y años
y reciban nuestro cariño. 

   Maestros, toquen ya la música,

toquen una pieza buena,
que es la noche más grande,
la noche de Noche Buena.

   Rindamos nuestro homenaje

tan puro como el armiño,
a la Virgen de las Vírgenes,
al Carpintero y al Niño.

E. Guerrero. Correo Mayor 100. 




RORRO

Para Celebrar el Nacimiento del Niño Dios

A la rorro Niño 
A la rorrorró
Que viniste al mundo
Solo por mi amor
Esos tus ojitos
Ya los vas cerrando
Pero estás mirando
Todos mis delitos

Las lágrimas tiernas
Que por mi derramas
Son pruebas, que me amas
Pues padeces penas,
Por cuna te ofrezco
Mi fiel corazón
Te pido el perdón
Más no lo merezco
   Coro A la rorro, etc. 

No hagas pucheritos
Duerme, Padre amado,
Que mi cruel pecado
Os causa conflictos,
A dolor me mueve
Ver dos animales,
Que finos y leales
Tu amor los conmueve
   Coro a la rorro, etc.

Quisite por nombre
llamarte Jesús
Como Padre amante
Tú me diste luz
Recibe gustoso
Este rorrorró,
Que muy placentero
Te ofrezco yo,
   Coro a la rorro, etc. 


Mi querido Padre
Mi Dios y Señor,
que sufres alegre
Del frío su rigor
En el crudo invierno
Tú, mi Dios, naciste
De todas mis culpas
ya me redimiste

           Coro General


La Gloria te cantan

Angélicas vices
Para que te duermas
Y del sueño goces
Delicias del mundo
Son penas y pesar,
Por eso el Eterno
Se quiso humanar. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

El Escudo Franciscano, lo que significa.




 Los escudos, son figuras heráldicas que todas las hermandades e instituciones poseen como símbolo de las mismas en la que están simbolizados los titulares y naturaleza de la corporación. Los escudos de las hermandades están representados en los estandartes, libros de reglas, palios, pasos y a veces también, en algunas insignias. También aparece el escudo de las hermandades en las túnicas de los nazarenos, en los cirios, medallas etc.




Por lo que parece, fue a causa de los torneos por lo que los caballeros decidieron adoptar emblemas determinados y llevarlos para poder ser siempre reconocidos. Por otra parte, si la familia de un caballero llegaba a ser bastante conocida, a este le resultaba muy útil emplear el mismo emblema que el de su padre, para que todos se dieran cuenta de la relación.

Desde la Edad Media, los escudos de armas se hicieron de uso común para los guerreros y para la nobleza; por eso, se fue desarrollando un lenguaje muy articulado que regula y describe la heráldica civil. Paralelamente, también para el clero se formó una heráldica eclesiástica, que sigue las reglas de la civil para la composición y la definición del escudo, pero que inserta alrededor símbolos e insignias de índole eclesiástica y religiosa, según los grados del orden sagrado, de la jurisdicción y de la dignidad.

Es tradición, al menos desde hace ocho siglos, que también los Papas tengan su propio escudo
personal, así como simbolísmos propios de la Sede Apostólica. De modo especial en el Renacimiento y en los siglos sucesivos, se solía decorar con el escudo del Sumo Pontífice felizmente reinante todas las principales obras realizadas por él. En efecto, los escudos papales aparecen en obras de arquitectura, en publicaciones, en decretos y en documentos de diversos tipos.

A menudo los Papas adoptaban el escudo de su familia, si existía, o componían un escudo con simbolismos que indicaban su ideal de vida, que hacían referencia a hechos o experiencias pasadas, o que aludían a elementos vinculados a su programa de pontificado. Con frecuencia aportaban alguna variante al escudo que habían adoptado como obispos.

El Escudo de la Orden de San Francisco nos muestra dos brazos cruzados sobre la cruz Tau o Tao, que el la última letra del alfabeto hebreo. El primer brazo desnudo representa a Jesucristo y el segundo a San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana. Cada mano tiene una marca de una cruz pequeña; estas representan las marcas de los clavos que recibió Jesús en su pasión y muerte. San Francisco experimentó los estigmas: a él se le aparecieron también las mismas llagas que sufrió Cristo. Por esta razón, San Francisco es conocido como el que reflejó al mismo Cristo. A veces, también se ponen nubes debajo de los brazos, significativo de que San Francisco ahora disfruta la Vida Eterna al lado de Jesús.

La difusión del escudo franciscano de los brazos cruzados de Cristo y de Francisco se lleva a cabo durante el generalato de Francisco Sansón (1475-1499), quien a través de las muchas obras de arte
que encarga y dona a las iglesias de Asís, Padua, Florencia, Brescia..., hace que se convierta en el escudo propio de la Orden Franciscana.



El significado del escudo de los Franciscanos es la conformidad de Francisco con Cristo: el crucificado del Alvernia con el Crucificado del Gólgota. En algunos escudos se llega a una conformidad tal, como se ve en un escudo del Sacro Convento de Asís (1478) en que aparece una cruz grafiada y las manos clavadas en ella.

Las Llagas: Son las cinco estigmas sangrantes de Cristo; generalmente caracterizadas con cinco racimos de uvas.

Los Clavos: los tres clavos de la crucifixión.

La Paz y el bien: Brazos cruzados, el desnudo es de Jesucristo y el que tiene manga de hábito es de San Francisco; al centro un crucifijo. Emblema de todas las familias e institutos franciscanos.



La Cruz de Jerusalén: el escudo de armas del reino surgido en la Primera Cruzada. Una Cruz grande central con cuatro cruces griegas entre cada brazo de la mayor. Un total de cinco cruces que, a su vez, representan las cinco llagas de Cristo. La cruz grande representa a Jesucristo y las cuatro pequeñas a los evangelistas y a las cuatro esquinas de la tierra.



El Cordón: Es el símbolo de pobreza; éste sustituye al cinturón; los tres nudos representan los votos de pobreza, obediencia y castidad. Suele utilizarse para “enmarcar” otros símbolos y emblemas distintivos.

La Tao o Tau: última letra del alfabeto hebreo y decimonovena del griego. San Francisco la adoptó como símbolo de la cruz que significa conversión y penitencia, redención y salvación de Cristo, elección y, sobretodo, protección de Dios. Influencia del profeta Ezequiel. También la usaron San Antón y Santa Tecla. Es el emblema oficial de la orden de San Francisco.

Los Frailes Menores tienen su origen en la Italia del siglo XIII. Desde su fundación, por San Francisco de Asís, se han constituido en tres familias que siguen una regla específica: la primera, que congrega a los religiosos varones; la segunda, organiza las congregaciones femeninas y la tercera, de laicos comprometidos y seglares penitentes que se ven en muchas iglesias del hispano América con su órden tercera de San Francisco. El uso común de la denominación “franciscanos” refiere a los religiosos varones observantes de la primera regla.



La presencia de la orden franciscana en México data de 1524 y fue el primer instituto religioso canónicamente establecido. La labor de los frailes franciscanos estuvo enfocada a coadyuvar en los procesos de culturización de la población indígena basada en una estructura educativa de doble vía: la enseñanza religiosa -catecismo- y la escolarización -estudio de gramática y lengua-. 

Los franciscanos actuaron tanto en los centros urbanos con un profundo arraigo cultural y densamente poblados fundando conventos y colegios; así como en territorios más alejados con asentamientos dispersos donde establecieron misiones. De esta manera, la presencia franciscana se extendió por todo el centro, sur y norte del actual territorio nacional, en el que establecieron jurisdicciones territoriales llamadas provincias y en el norte de la Nueva España o México y ahora sur de los Estados Unidos, donde fundaron pueblos de misión.

A finales del siglo XVI llegaron miembros de otra rama franciscana conocidos como Franciscanos Descalzos, destinados originalmente, a la cristianización en Filipinas. Durante el siglo XVII, los franciscanos del territorio central, destinaron el uso de algunos de sus conventos para la práctica del recogimiento espiritual y los llamaron de Recolección o recoletos. En ese mismo siglo se establecieron los Colegios Apostólicos de Propaganda Fide independientes de las provincias y con jefatura establecida en Roma.



De esta manera, durante el periodo colonial, la Orden de Frailes Menores tuvo la siguiente estructura: 

La rama de los observantes, los franciscanos mejor conocidos en México, fundaron las provincias: del Santo Evangelio de México -a la que pertenecían los recoletos- (1536), San José de Yucatán (1559), San Pedro y San Pablo de Michoacán (1565), San Francisco de Zacatecas (1603) y Santiago de Jalisco (1606). La rama descalza fundó la Provincia de San Diego de México en 1599. Por su parte, los Colegios de Propaganda Fide se establecieron en las ciudades de Querétaro, 1682; Guadalupe, Zacatecas , 1704; México, 1734; Pachuca, Hidalgo, 1771; Orizaba, Veracruz, 1799; Zapopan, Jalisco, 1812 y Cholula, Puebla, 1860.



En el siglo XIX la nueva conformación del México independiente y la promulgación de las Leyes de Reforma generaron una grave crisis que trastocó el orden eclesiástico. Por ello, en 1897 el papa León XIII ordenó la reorganización de las ramas franciscanas. En 1908 el superior de la orden, en Roma, decretó la unión de las diversas provincias y colegios en México quedando bajo la denominación común y única de Orden de Frailes Menores.

Desde sus inicios, esta orden se caracterizó por la importancia que dieron a las colecciones bibliográficas de los distintos conventos y colegios que tuvieron bajo su cargo. En su regla y estatutos los franciscanos contemplan la existencia y desarrollo de éstas.

Característica fue la renombrada biblioteca del Convento Grande de San Francisco de México que identificó, como propios, sus libros con marcas de fuego. Otras bibliotecas franciscanas que emularon dicha práctica:

Observantes: México, Tacuba, Tlaxcala, Huejotzingo, Cholula, Puebla, Atlixco, Toluca, Querétaro, Zacatecas.

Recoletos: San Cosme; Puebla: Totimehuacán y Huaquechula; Tlaxcala: Tepeyanco.

Descalzos: San Diego, Tacubaya, Churubusco; Puebla: Santa Bárbara (San Antonio), Texmelucan; Guanajuato, Morelia.

La información ha sido tomada directamente de: http://www.marcasdefuego.buap.mx:8180/xmLibris/projects/firebrand/ordenes_religiosas.html

lunes, 12 de noviembre de 2012

Los Aztecas y su culto a la Muerte.


Los aztecas y el culto a la muerte.

"El pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor a las flores. Antes de que nosotros "habláramos castellano" hubo un día del mes consagrado a la muerte; había extraña guerra que llamaron florida y en sangre los altares chorreaban buena suerte".

Carlos Pellicer:

Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. Esta afirmación de Octavio Paz en su conocido ensayo sobre el mexicano (El Laberinto de la Soledad) encuentra plena confirmación en los testimonios escritos y arqueológicos que nos hablan de cómo los pueblos nahuas concebían la muerte.

Basados en esos testimonios podemos señalar a los aztecas como promotores de uno de los más notables cultos a la muerte que registre la historia.

El dato más sorprendente de ese culto lo cons­tituyen los sacrificios humanos que tanto horror causaron en conquistadores y cronistas, y que si­guen contrariando nuestra sensibilidad. Esos ritos sangrientos, sin embargo, no han sido interpreta­dos de manera satisfactoria por todos los historiadores. Sólo a través de una investigación minuciosa es posible reconocer en los mitos esenciales del pueblo azteca la raíz y justificación del sacrificio humano. Más adelante nos iremos refiriendo detalladamente a tales mitos; por el momento, basta con enunciar sus aspectos fundamentales: la divinidad se ha sacrificado para que haya vida en el mundo; toca a los hombres corresponder al sacrificio divino ofreciéndole lo más precioso de sí mismos -la vida, la propia sangre- y transformándose de ese modo en colaboradores con la divinidad a fin de que la vida continúe sobre la tierra.

Planteada así, la necesidad cósmica del sacrificio humano para explicar suficientemente el ritual de sangre practicado por los aztecas; pero no hemos de olvidar, por otra parte, el carácter aguerrido de esta raza que en dos siglos escasos, logró pasar de una situación dé esclavitud y barbarie a la forjadora del que fue, acaso, el más poderoso imperio de la América prehispánica. 
«La existencia de Tenochtitlán -aclara la antropóloga Laurette Séjourné- reposaba sobre los tributos de los países conquistados, y es fácil comprender la necesidad imperiosa que tenían los aztecas de un sistema de pensamiento que sostuviese su imperialismo» (1).

En otras palabras, cabe preguntarse hasta qué punto la esfera gobernante de la sociedad azteca tenía fe en esa pretendida justificación cósmica del sacrificio humano y en qué grado usaba la religión como parte de una superestructura al servicio de los intereses y necesidades de su control absoluto y tiránico.

Los predilectos del Sol

Como quiera que sea, la doctrina oficial era bien definida y contundente: la máxima aspiración del hombre en cuanto a su destino final era la de ser admitido en la Casa del Sol. Este privilegio estaba reservado a los guerreros muertos en la batalla o en la piedra de sacrificios. Tonatiuh, el Sol, tenía en Huitzilopochtli - el dios propio de la tribu azteca - una de sus principales encarnaciones. Y Huitzilopochtli era el dios guerrero por excelencia. Un mito azteca refiere que Coatlicue, la vieja diosa de la tierra, después de haber engendrado a la luna y a las estrellas, llevaba una vida de retiro y castidad como sacerdotisa de un templo; una vez, mientras barría, se encontró una como pelota de plumas y la guardó junto a su vientre; cuando quiso tomarla de nuevo, la bola de plumas había desaparecido, y ella, en cambio, se sintió embarazada. Al advertirlo sus hijos, decidieron darle muerte. Ella lloraba por su triste destino, pero el nuevo fruto de su vientre la consolaba desde adentro asegurándole que habría de defenderla. Así fue: en el preciso momento en que iba a ser sacrificada, nació Huitzilopochtli y con una serpiente de fuego cortó la cabeza de su hermana Coyolxauhqui (la luna) y puso en fuga a sus innumerables hermanos, los Centzonhuitz­náhuac (estrellas). Por eso, al renacer cada día, Tonatiuh-Huitzilopochtli vuelve a entablar combate con sus hermanos (la luna y las estrellas) y, armado de la serpiente de fuego (el rayo solar), los hace huir; su victoria significa un nuevo día de vida para los hombres.

Los hijos predilectos del Sol son los guerreros que mueren en la batalla o inmolados en la piedra de sacrificios; por eso los recoge en su Casa, en su paraíso del oriente, donde gozan de su presencia y, en prados y bosques celestes, se divierten haciendo simulacros de luchas; cada mañana, al aparecer el Sol por el oriente, lo saludan con gritos de júbilo, golpean sus escudos y lo acompañan hasta el cenit.

Se creía que estos privilegiados acompañantes del Sol, a los cuatro años de haber muerto se convertían en inmortales aves preciosas y se alimentaban con el néctar de las flores en los jardines del Tonatiuhichan (Casa del Sol), pudiendo también descender a la tierra. En cuanto a los hombres muertos en la piedra de sacrificios eran equiparados a los guerreros caídos en la lucha, pues se consideraba que con sus vidas habían alimentado al Sol, el guerrero divino que campea en el cielo.

A la luz de estas creencias, se comprende la importancia que tuvo, dentro de la sociedad azteca, la educación para la guerra y la constante aspiración a transformarse en habitantes de la casa solar. Se comprende igualmente el carácter sagrado atribuido a la lucha, y la existencia de modalidades tan especiales como las «guerras floridas» que se hacían con objeto de capturar prisioneros para los sacrificios.

La religión azteca implicaba también la fe en un paraíso de occidente. Lo mismo que el oriental, formaba parte del reino del Sol: era morada de las mujeres muertas en el primer parto. A estas mujeres se les otorgaba el mismo rango que a los guerreros perecidos en la batalla. Si éstos acompañaban a la divinidad solar hasta la mitad del cielo, ellas « partiendo de medio día iban haciendo fiesta al sol, descendiendo hasta el occidente, llevábanle en unas andas hechas de quetzales o plumas ricas, que se Llaman quetzalli apanecáyoil; iban delante de él dando voces de alegría y peleando, haciéndole fiesta; dejábanle donde se pone el sol... » (2).

Un dato curioso es que, a pesar de la grandísima estima en que eran tenidas las mujeres muertas en parto (incluso se les divinizaba, dándoles el nombre de cihuateteo, «mujer-diosa»), su presencia en la tierra, a donde descendían en ciertas fechas señaladas por el calendario ritual, se consideraba más bien funesta, sobre todo para las mujeres y los niños. La misma figura con que se les representaba era espantosa: con un rostro descarnado y provistas de garras. Se suponía que en determinadas ocasiones voceaban y bramaban en el aire, y que solían espantar en las encrucijadas de los caminos.

Los escogidos de Tláloc

Tláloc es, por encima de sus demás atributos, el dios de la Lluvia, una de las divinidades más antiguas de Mesoamérica. Dada la importancia que tuvo la agricultura en la economía de los aztecas, no debe sorprender que hayan adoptado a Tláloc como uno de sus dioses principales. Los dos templetes o torres que coronaban el teocalli o templo mayor de Tnochtitlan estaban dedicados precisamente a Tláloc y a Huitzilopochtli. Los aztecas adoptaron también (tomándolos de los antiguos toltecas) los mitos que se refieren a Tláloc y con ellos, la convicción de que existía un paraíso de Tláloc, el Tlalocan, a donde iban los difuntos que habían perecido ahogados o fulminados por el rayo, o víctimas de la lepra, o hidrópicos o sarnosos, o a causa de cualquier enfermedad de las que se consideraban relacionadas con las divinidades del agua (2).

Los informantes de Sahagún describieron el Tlalocan como una especie de paraíso terrenal, «en el cual hay muchos regocijos y refrigerios, sin pena ninguna». De este jardín de delicias en el que también creyeron los aztecas, tenemos un valioso testimonio pictórico en un muro teotihuacano que se remonta al siglo IV: de la figura de Tláloc parecen proceder las corrientes de agua que rodean un jardín donde los hombres gozan entreteniéndose con el canto, la danza y toda clase de juegos.

Se creía que el Tlalocan estaba ubicado en el sur.

Los que iban al Mictlan

Quienes no habían sido elegidos ni por el Sol ni por Tláloc, al morir descendían al Mictlan, pasando por una serie de pruebas antes de alcanzar el descanso definitivo o la desaparición. Esas pruebas eran nueve y, en cierto sentido, correspondían a otros tantos estratos del inframundo, cada uno más profundo que el anterior. La creencia en esas pruebas estaba muy relacionada con ciertos detalles de los ritos funerarios; por ejemplo, la costumbre de enterrar un perrito juntamente con el muerto, dependía de la convicción de que éste tenía que superar el caudal de un río subterráneo y sólo el perrito podía auxiliarle en ese trance.

Sobre la ubicación del Mictlan, hay discordancia entre las varias tradiciones. Así como se le sitúa más profundo de la tierra, se dice también que queda al norte. Esta última tradición parece más congruente con la ubicación de los otros lugares a donde pueden concurrir los muertos: las direcciones oriente y poniente corresponderían al paraíso solar; el sur al Tlalocan; el norte al Mictlan. En todo caso, queda fuera de discusión su carácter subterráneo y sombrío, aunque la creencia en un recorrido circular por parte del sol presuponía que, después de su trayectoria de oriente a poniente, la divinidad solar penetraba en la tierra, según su viaje a través del inframundo e iluminaba a los muertos, que despertaban igual que hacen los vivos a la luz de un nuevo día. También esta creencia la hallamos consignada en la obra de Sahagún, la fuente más valiosa sobre el antiguo México.

Ritos funerarios

A los muertos destinados al Mictlan se les solía amortajar en cuclillas, envolviéndolos bien con mantas y papeles y liándolos fuertemente. Antes de quemar el bulto mortuorio, se ponía en la boca del difunto una piedrecilla (de jade, si se trataba de un noble); esa pequeña piedra simbolizaba su corazón y le era puesta en la boca para que pudiera dejarla como prenda en la séptima región del inframundo, donde se pensaba que había fieras que devoraban los corazones humanos. Asimismo, ponían entre las mortajas un jarrito con agua, que había de servirle para el camino. Sus prendas y atavíos eran quemados para que con ese fuego venciera el frío a que tenía que enfrentarse en una de las regiones del más allá donde el viento era tan violento que cortaba como una navaja.

La abundancia de papel que se empleaba en el amortajamiento le habría de servir para superar otra de las pruebas: el paso entre dos montañas que se juntaban impidiendo el tránsito. También se le entregaban al difunto algunos objetos de valor para que los obsequiara a Mictlantecuhtli o a Mictecacíhuatl, señor y señora de los muertos, al Llegar a la última etapa de su accidentado viaje. Tocaba a los ancianos dirigir las ceremonias fúnebres, desde el amortajamiento ritual hasta la incineración del cadáver y el entierro de las cenizas. Todo se Llevaba a cabo en medio de fórmulas mágicas y recomendaciones al difunto para que acertara en sus pasos por el más allá.

Después de la incineración, que se cumplía entonando cánticos, los ancianos rociaban con agua los residuos humanos; los colocaban en una urna y los enterraban en alguno de los cuartos de la casa, sin omitir la piedrecilla que le habían puesto en la boca al difunto, ofrendas varias y el infaltable perrito que habría de ayudar a su amo en su viaje por ultratumba.

Los informantes de Sahagún refirieron que era costumbre poner todos los días ofrendas en el lugar donde estaban enterrados los huesos de los muertos. Creemos que tal afirmación no se debe tomar al pie de la letra, pero pone muy de relieve el culto y atenciones de que eran objeto los difuntos. Ciertamente, las ofrendas eran obligatorias a los ochenta días de la muerte, y cada año hasta cumplirse los cuatro que duraba el viaje al Mictlan. 

Eso, independientemente de las fiestas que el calendario ceremonial establecía para el culto de los muertos. Bastaría recordar que el sexto día de los veinte que constituyen la división básica del calendario azteca Llevaba el nombre de Miquiztli (muerte), y que el noveno y décimo meses de los 18 que tiene el año náhuatl estaban dedicados al culto de los muertos, primero de los niños y luego de los adultos.

Volviendo un poco a lo que señalábamos acerca de los entierros, conviene aclarar que las cenizas y huesos de los nobles no eran enterrados en un aposento cualquiera, sino en lugar sagrado, por lo general en las proximidades de un templo. El aparato ritual en esos casos era mucho más complicado, e implicaba la muerte de numerosos esclavos. Bernardino de Sahagún lo consigna en estos términos: «y así también mataban veinte esclavos y otras veinte esclavas, porque decían que como en este mundo habían servido a su amo asimismo han de servir en el infierno; y el día que quemaban al señor luego mataban a los esclavos y esclavas con saetas..., y no los quemaban juntamente con el señor sino en otra parte los enterraban» (3).

Todo lo apuntado en los párrafos anteriores sobre ritos funerarios, se refiere sólo a los muertos destinados al Mictlan, los únicos cuyos cuerpos eran quemados. De los destinados al Tlalocan, Sahagún dice expresamente que «no los quemaban sino enterraban los cuerpos de los dichos enfermos y les ponían semillas de bledos entre las quijadas, sobre el rostro, y más poníanles color de azul en la frente, con papeles cortados, y más en el colodrillo poníanlos otros papeles, y los vestían con papeles y en la mano una vara» (4). Dicha vara era una rama seca que se enterraba juntamente con el cadáver, en la convicción de que, llegando el difunto al Tlalocan, aquella rama reverdecería en señal de haber sido aceptado su portador en el paraíso de Tláloc.

En las honras fúnebres y entierros de las mujeres muertas en parto había aspectos muy peculiares: después de múltiples abluciones al cadáver de la mocihuaquetzqui (mujer valiente), se le vestía con sus mejores galas y, llegada la hora del entierro, que se hacía a la puesta del sol, el marido la Llevaba a cuestas hasta el patio del templo dedicado a las cihuateteo, donde habría de ser sepultada.

Formaban el cortejo fúnebre los parientes y amigos de la muerta, armados todos «con rodelas y espadas y dando voces como cuando vocean los soldados al tiempo de acometer a los enemigos». 

Tales actitudes, además de rituales, tenían una función práctica, pues debían defenderse de los guerreros jóvenes, que irrumpían contra el cortejo fúnebre con el propósito de apoderarse del cadáver y cortarle el dedo central de la mano izquierda y los cabellos, prendas a las que atribuían poder mágico para adquirir valor en la lucha e infundirles miedo a los enemigos. También los salteadores -por motivos parecidos- procuraban hacerse del cadáver para cortarle el brazo izquierdo. Por eso el marido y otros deudos de la difunta, durante cuatro noches seguían velando en el lugar donde se había hecho el entierro.

El ceremonial luctuoso para los guerreros caídos en la lucha era aún más complicado, abundando las fórmulas laudatorias y concluyendo, antes del entierro, con la quema de una figura de palo representando al difunto con todas sus insignias.

Por lo que se refiere al cuerpo de los sacrificados, los testimonios son variados y hasta cierto punto contradictorios.

Conviene precisar dos cosas:

1. La práctica de la decapitación después del sacrificio era muy habitual; la cabeza de la víctima solía ser destinada al Tzompantli, monumento fúnebre donde se exponían los cráneos de los sacrificios.

2. El discutido recurso al canibalismo. Es verdad que en determinadas ocasiones algunas partes del sacrificado eran comidas. Pero hay que decir que en esos casos se trataba de un canibalismo meramente ritual. Como aclara Alfonso Caso, «el canibalismo azteca era un rito, que se efectuaba como una ceremonia religiosa, a tal punto que el que había capturado al prisionero no podía comer su carne, pues lo consideraba como su hijo. No hay que olvidar que para los aztecas las víctimas humanas eran la encarnación de los dioses a los que representaban y cuyos atavíos llevaban, y al comer su carne practicaban una especie de comunión con la divinidad...» (5).

Para abundar en el argumento de Alfonso Caso, tengamos presente que, en efecto, no pocas veces el sacrificado era al mismo tiempo ofrenda y representación del dios. James George Frazer recuerda como el más notable ejemplo universal entre los ritos de sacrificio humano del dios, el festival Llamado Toxcatl, el mayor del año mexicano: «sacrificaban anualmente a un joven en el carácter de Tezcatlipoca, 'dios de dioses', después de haber sido mantenido y adorado como aquella gran deidad en persona por un año entero» (6).

Complejidad del panteón azteca.

En el momento en que los sorprendió la conquista, los aztecas practicaban el más abigarrado politeísmo, no obstante la existencia de corrientes que tendían a simplificar el panteón azteca agrupando a varias divinidades como manifestaciones diferentes de un mismo dios.

Es muy importante tener en cuenta que la tribu azteca fue la última en establecerse en el valle de México y sus alrededores, y que llegó a esos parajes tan desprovista de un pasado cultural sólido que se adueñó enseguida del marco espiritual implantado allí por los pueblos que habían florecido con anterioridad, especialmente los toltecas.

Ese adueñarse no fue una verdadera asimilación y continuidad de la atmósfera cultural encontrada, sino un apropiarse interesado que dio como fruto manifiesto un doble fenómeno: el empleo de los aspectos que más convenían a sus necesidades y ambiciones de poder, y -por los mismos motivos- la descomposición de muchos otros aspectos mediante un proceso de nacionalización.

El ejemplo más notorio nos lo proporciona la figura de Quetzalcóatl, el supremo héroe mítico de Mesoamérica, tan asimilado por los aztecas que los sacerdotes de su sangrienta religión se daban a sí mismos el título de Quetzalcóatl. Sin embargo, la doctrina del dios-héroe no fue observada por los aztecas, pues si Quetzalcóatl había predicado una doctrina de desprendimiento y purificación personal como medio para trascender, los aztecas sustituyeron esa exaltación de la vida espiritual por una razón de Estado consistente en la exaltación de la muerte física.

No es extraño que en el panteón de los aztecas, elaborado casi por completo a base de dioses «nacionalizados», se observen abundantes incongruencias, como se observan también en la adopción de los más antiguos mitos, modificados a tenor de los intereses de Estado.

Una tradición antiquísima señalaba el origen de todas las cosas en un solo principio dual: Omete­cuhtli (Señor 2) y Omecíhuatl (Señora-2). Un desarrollo posterior-ya de carácter azteca-quiso que de la primitiva pareja divina procedieran los cuatro dioses creadores: el Tezcatlipoca rojo (dicho también Xipe o Camaxtle), y el Tezcatlipoca negro (o simplemente Tezcatlipoca), Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. Resulta evidente la intención de colocar a Hitzilopochtli a la altura de los supremos dioses, pese que otra tradición, mencionada más arriba y que es netamente azteca, presenta a Huizilopochtli como hijo de Coatlicue.

Otro ejemplo -el de mayores consecuencias- de este fenómeno de adopción de los antiguos mitos, nos lo ofrece la famosa Leyenda de los Soles, que llegó a ser fundamental para la religión azteca.

De acuerdo con una remotísima tradición, existía la creencia de que, antes de la actual humanidad, habían existido otras cuatro presididas cada una de ellas por otros soles. Nos encontraríamos, por lo tanto, en la era del Quinto Sol. Las cuatro creencias precedentes, según una de las versiones aztecas, habrían sido presididas, respectivamente por Tezcatlipoca, Quetzacóatl, Tláloc y Chalchiutlicue (diosa de las aguas y hermana de Tláloc).

A Tezcatlipoca correspondería, pues, el primer Sol y la era inicial del mundo. Siendo que su nahual o disfraz es el ocelote o tigre, ese primer Sol se denomina Ocelotonatiuh (Sol de Jaguar). Los primeros hombres fueron gigantes, pero incapaces de cultivar la tierra; por lo tanto, se alimentaban de manera silvestre. Pero Quetzalcóatl, con bastón golpeó a Tezcatlipoca y éste se vino abajo transformándose en tigre y devoró a los gigantes, quedando la tierra despoblada y el universo desprovisto de sol. Tal catástrofe ocurrió en la fecha 4-Tigre.

Entonces ocupó Quetzalcóatl el puesto de Sol, hasta que lo derribó Tezcatlipoca dándole un zarpazo. Se levantó un viento huracanado que arrasó con los árboles y aniquiló a los nuevos hombres, quedando sólo algunos, pero transformados en monos. Eso aconteció un día con la fecha 4-Viento.

Después de tal desastre, los dioses pusieron como Sol al dios de la Lluvia, Tláloc, que es también dios del rayo, dios del fuego celeste. Otra vez intervino Quetzalcóatl haciendo que lloviera fuego, de tal manera que los hombres volvieron a perecer, quedando sólo algunos, transformados en pájaros. Sucedió en la fecha 4-Lluvia.

Luego Quetzalcóatl puso como Sol a la hermana de Tláloc, Chalchiutlicue, «la de las faldas de jade», pero otro dios, presumiblemente Tezcatlipoca, desató una terrible Lluvia que inundó la tierra y ocasionó la muerte de los hombres, salvándose sólo algunos, transformados en peces. Sucedió en la fecha 4-Agua.

Una vez apuntados estos antecedentes, he aquí la parte que más nos interesa del mito:

Al encontrarse el universo nuevamente sin Sol y la tierra sin hombres, los dioses se reúnen en Teotihuacan y determinan que es necesario el sacrificio de alguno para que se convierta en Sol. Dos son los candidatos: el uno poderoso y rico; el otro, enfermo y Lleno de Llagas (Nanáhuatl); éste último es quien primero se arroja al fuego para sacrificarse, y cuando la hoguera se está extinguiendo, se arroja también el otro. Después el águila, y se quema por completo; luego el tigre, pero se queda a la vera del fuego y sólo se mancha en algunas partes de su cuerpo; enseguida otros animales. (Este detalle es importante porque es el fundamento mítico de los dos órdenes militares de más alto rango entre los aztecas: los caballeros-águila y los caballeros-tigre). Al cabo de algún tiempo, aparece el dios llagado transformado en Sol radiante, pero no emprende su marcha; exige para ello el sacrificio de los demás dioses. Aparece también la Luna y pretende iluminar igual que el Sol, a pesar de no haberse sacrificado con igual arrojo; por tal motivo, uno de los dioses la golpea con un conejo incrustándoselo en la cara.

Al consumarse el sacrificio de los otros dioses, el Sol emprende su marcha.

Aunque expuesto sólo en sus líneas generales, es fácil advertir la importancia que este mito alcanzó en la religión azteca: el sacrificio requerido por el Sol ya no está a cargo de los dioses, sino de los hombres. Los orgullosos aztecas Llegaron a convencerse de ser ellos los predestinados para mantener la vida del Sol; se sintieron, pues, depositarios de una misión universal, que cumplían a través de su discutido ritual de muerte.

El más hermoso monumento solar de los mexicas, el famoso Calendario Azteca o Piedra del Sol, es como una exposición de la Leyenda de los Soles. La figura central, que es el rostro del Quinto Sol, el actual, se ve rodeado por los signos de los cuatro soles anteriores, y él mismo ostenta el signo de la fecha en que también habrá de perecer: el día 4-Temblor. Pero lo más interesante para los fines de esta exposición es advertir que sus manos, que son como garras de águila, aferran los corazones de los sacrificados.

La objeción de los poetas

Un sistema de vida presidido por la constante presencia de la muerte, ¿podía satisfacer las más profundas exigencias del individuo? ¿Bastaban las doctrinas oficiales para responder a las inquietantes preguntas sobre el sentido de la existencia?

El análisis de la poesía náhuatl nos sugiere una respuesta negativa. Es verdad que no escasean los cantos en los que el poeta proclama su ardiente deseo de morir en la guerra; sin embargo, la mayoría de los cantores nahuas ponen en entredicho el sentido que puede tener una existencia que se antoja fugaz y constantemente amenazada, y plantean una serie de preguntas vitales alrededor de los misterios que esconde el más allá.

«¡No temas, corazón mío! En medio de la llanura, mi corazón quiere la muerte a filo de obsidiana. Sólo esto quiere mi corazón: la muerte en la guerra».

Por excelente que sea, este canto guerrero nada tiene de la dimensión existencial que alcanza este otro, en que se adivina un grito de rebeldía:

«Sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar ¡No es verdad, no es verdad que venimos a vivir en la tierra! Como hierba en cada primavera nos vamos convirtiendo; está reverdecido, echa sus brotes nuestro corazón, algunas flores produce nuestro cuerpo, y por allá queda marchito».

Rebelión en el espíritu y suave queja dirigida al «Dador de la vida», cuyos designios últimos no se comprenden, aunque permanezca viva la esperanza de encontrar junto a El la anhelada felicidad. Así lo canta el célebre Nezahualcóyotl:

«Sólo como a una flor nos estimas, así nos vamos marchitando, tus amigos. Como a una esmeralda, tú nos haces pedazos. Como a una pintura, tú nos borras. Todos se marchan a la región de los muertos, al lugar común de perdernos. ¿Qué somos para ti, oh Dios? Así vivimos, así en el lugar de nuestra pérdida, nos vamos perdiendo, nosotros los hombres. ¿A dónde tendremos que ir... ? Hay un brotar de piedras preciosas, hay que florecer de plumas de quetzal, ¿son acaso tu corazón, Dador de la vida? ¡Nadie dice, estando a tu lado, que viva en la indigencia!».

En otros poemas, como en el siguiente, las dudas del anónimo cantor son angustiantes:

«Es la razón porque lloro: nos han dejado huérfanos en la tierra. ¿Dónde está el camino para buscar el reino de la muerte? ¿Dónde el lugar en que habitan los que ya no tienen cuerpo? ¿Es que sigue habiendo vida en el lugar del misterio? ¿Es que aún tienen allá conciencia nuestros cora­zones? ¡En un arca, en un estuche esconde y amortaja a /os hombres Aquel por quien todo vive! ¿Habré de verlos acaso? ¿Veré a mi padre y a mi madre? ¿Habrán de venir a darnos su canto y su palabra? Nadie queda con nosotros: nos han dejado huérfanos en la tierra».

Frente a dudas tan radicales, cobra mayor fuerza dramática lo único seguro y constatable: nuestro paso por la tierra es fugaz, todos hemos de irnos, nadie volverá de nuevo.

«Meditadlo, señores, águilas y tigres: aunque fuerais de jade, aunque fuerais de oro, también allá iréis, al lugar de los descarnados. Tendremos que desaparecer, nadie habrá de quedar» (Nezahualcóyotl).

«Continúa la partida de gentes, todos se van. Los príncipes, los señores, los nobles nos dejaron huérfanos. ¡Sentid tristeza, oh vosotros, señores! ¿Acaso vuelve alguien, acaso alguien regresa de la región de los descarnados? ¿Vendrá a hacernos saber algo Motecuhzoma, Nezahualcóyotl, Totoquihatzin? Nos dejaron huérfanos, ¡sentid tristeza, o vosotros, señores!» (Axayácatl, señor de Tenochtitlan).

El siguiente fragmento es muy significativo, pues corresponde a un poema que se supone dedicado a una cortesana, a una mujer que presta su cuerpo y su belleza. El lirismo se vuelve trágico al introducirse en el poema la advertencia sobre la inevitable muerte:

Aquí tú has venido, frente a los príncipes; tú, maravillosa criatura, invitas al placer. Sobre la estera de plumas amarillas y azules, aquí estás erguida. Preciosa flor de maíz tostado, sólo te prestas, serás abandonada, tendrás que irte, quedarás descarnada» (Tlaltecatzin).

Si es tan incierta la condición del hombre en el más allá y lo único seguro es la inevitable partida, resulta espontáneo para el poeta buscar la solución al conflicto.

Para algunos cantores, la solución está en alegrarse, en gozar de la vida mientras se existe sobre la tierra:

«Sólo esto dice mi corazón: no volveré una vez más, jamás volveré a salir sobre la tierraYo ya me voy, ya me voy a su casa. Sólo trabajo en vano. Gozad, gozad, amigos nuestros» (Cuacuauhtzin).

Para otros, la misión en la tierra es hacer amigos, forjar la amistad y revelar a los humanos, a través del canto, el enigma de los dioses:

«Yo he venido, me pongo en pie, forjaré cantos, haré que los cantos broten para vosotros, amigos nuestros. Soy enviado de Dios, soy poseedor de las flores, yo soy Temilotzin, ¡he venido a hacer amigos aquí!» (Temilotzin).

Pero la verdadera contrapartida frente al mis­terio del más allá radica en la perennidad de la poesía, la única creación humana que no ha de perecer jamás:

«¿Sólo así he de irme, como las flores que perecieron? ¿Nada quedará en mi nombre? ¿Nada de mi fama aquí en la tierra? ¡Al menos flores, al menos cantos!» (Ayocuan Cuetzpaltzin).

NOTAS

(1) Séjourné, Laurette, Pensamiento y Religión en el México Antiguo. Fondo de Cultura Económica, México, pp. 37-38.

(2)Sahagún, Fray Bernardino de, Historia General de las Cosas de Nueva España, Ed. Porrúa, México, 1956. Tomo II, p. 181

(3) Sahagún, op. cit., Tomo I, p. 293.

(4) Sahagún, op. cit., Tomo I, p. 297.

(5) Caso, Alfonso, El Pueblo del So!, Fondo de Cul­tura Económica, México, 1974, p. 98.

(6) Frazer, James George, La Rama Oorada, Fondo de Cultura Económica, México, 1969, p. 662.
Tomado directamente de: http://sabiduria.es/index.php/indigena/10-america/53-espacios-de-curacion